Moléculas a reacción

Blog de divulgación del Instituto de Síntesis Química y Catálisis Homogénea

¡No más químicos!

Manuel Iglesias Alonso, ISQCH

¡Ja! ¡habéis caído en el “clickbait”! Pero ahora que tengo vuestra atención voy a aprovechar para explicaros mis problemas con el uso que se hace de la palabra químico. Para empezar, si buscas esta palabra en el diccionario de la R.A.E. te encuentras con que ninguna de sus acepciones permitiría el uso que tan comúnmente se le da en los medios de comunicación y que tan de moda parece haberse puesto en los últimos tiempos. Y es que el uso de la palabra químico para sustituir a sustancia química está mal a tantos niveles que necesito utilizar este artículo para explicarlo y, por qué no decirlo, también como catarsis.

Debo admitir que no he investigado en detalle el origen de esta acepción de la palabra químico, pero es fácil imaginarse que proviene de una mala traducción de la palabra inglesa “chemical”, que se puede traducir como un sustantivo, sustancia química, y como un adjetivo, químico o química (e.g. “chemical bond”: enlace químico; “chemical weapon”: arma química). Por otro lado, la palabra inglesa “chemist” se traduce por químico (especialista en química, según la R.A.E.). Por eso, cuando en alguno de esos programas de reportajes sensacionalistas en los que el presentador o presentadora se escandaliza cuando descubre que en las plantas potabilizadoras de agua se añaden químicos al agua, no puedo evitar preguntarme qué es lo que entiende por químicos. Porque si en las plantas potabilizadoras echan graduados en química al agua, desde luego que comparto su preocupación. Pero si lo que ha descubierto es que añaden sustancias químicas al agua para potabilizarla, lo que me preocupa seriamente es lo denostada que está la Química, una ciencia clave para el desarrollo de nuestra sociedad y, por supuesto, la falta de rigor científico de aquellos que se deberían dedicar a informar a la población. A este respecto, cabe destacar que el ser humano ha potabilizado el agua mediante varios métodos a lo largo de la historia para evitar la transmisión de patógenos que pueden causar enfermedades como cólera, fiebre tifoidea, disentería, poliomielitis, meningitis o hepatitis A. Entre los años 1500 y 400 a.C. los egipcios ya potabilizaban el agua hirviéndola y, posteriormente, filtrándola a través de arena o carbón. Sin embargo, no fue hasta principios del siglo XX cuando se extendió la cloración del agua como método de desinfección. Esto ha permitido el acceso generalizado al agua potable de la población en el primer mundo, lo cual ha jugado un papel clave, junto con los antibióticos y las vacunas, en el drástico aumento de la esperanza de vida desde principios del siglo XX hasta la actualidad (que casi se ha doblado en este corto espacio de tiempo). Sin embargo, esto sigue siendo un problema en países en vías de desarrollo, donde, según estimaciones de la OMS, el deficiente acceso a agua potable causa anualmente la muerte de 842.000 personas solo por diarrea, 361.000 de ellas menores de 5 años.

La adición de químicos a productos de consumo diario como las comidas procesadas, los jabones, los tintes de pelo, etc., se ha convertido en motivo de preocupación para los consumidores, por lo que ahora se comercializan todo tipo de productos “sin químicos”, pero… ¿es posible hacer productos “sin químicos”? mejor dicho, sin sustancias químicas.

Pues no. Empleando el ejemplo más sencillo para ilustrar este sinsentido, el agua es una sustancia química. Pero es que, además, todos los materiales y los seres vivos están formados por sustancias químicas. De hecho, todo lo que nos rodea se compone de sistemas químicos más o menos complejos, que presentan distintos niveles de organización. Los niveles de organización de los seres vivos, que son los sistemas más complejos que conocemos, se suelen dividir en dos grandes grupos: los niveles abióticos y los bióticos. 

Los niveles abióticos abarcan desde el nivel subatómico (formado por las partículas que constituyen el átomo), pasando por el nivel atómico (el átomo es la parte menor en la que se puede subdividir la materia manteniendo las propiedades características de un elemento químico), hasta el nivel molecular (las moléculas se forman por la unión de átomos mediante enlaces químicos). En los seres vivos, el nivel molecular se puede dividir en varias categorías según su complejidad. Empezando por el menor grado de complejidad nos encontramos las macromoléculas, que son moléculas de gran tamaño (polímeros) formados por la repetición de unidades más pequeñas (monómeros) unidas por enlaces covalentes, y se suelen dividir en: carbohidratos, proteínas, ácidos nucleicos y lípidos. La asociación de macromoléculas mediante interacciones no covalentes da lugar al nivel supramolecular, que, a su vez, permite el ensamblaje de orgánulos celulares (el nivel abiótico de mayor complejidad).

Los niveles bióticos se pueden dividir en: nivel celular (la célula es el ente más sencillo que puede vivir por sí solo con la capacidad de autorreplicarse) y nivel pluricelular. Este último se divide en: nivel tisular (un tejido es una agrupación de células con una función común), el nivel orgánico (los órganos se forman mediante la asociación de tejidos), y los sistemas y aparatos, que están formados por dos o más órganos. Finalmente, el nivel de individuo se refiere a un ser pluricelular formado por la asociación coordinada de sistemas y aparatos. A su vez, los individuos se pueden asociar en poblaciones y ecosistemas, pero esto no afecta demasiado a la finalidad de este artículo.

Vale, muy bien, pensaréis algunos, pero nosotros nos referíamos a las sustancias químicas artificiales, no a las naturales. Pues esta dicotomía es absurda y existe una gran confusión al respecto. Pensar que las sustancias artificiales son nocivas y las naturales inocuas es una reacción irracional que se conoce como quimiofobia, debida en gran medida a la desinformación y a ciertas campañas publicitarias. Por ejemplo, los alimentos ultraprocesados son claramente poco saludables, pero lo son principalmente por su alto contenido en sal, azúcares, grasas saturadas y su bajo perfil nutricional. Los aditivos presentes en estas comidas (colorantes, conservantes, antioxidantes y estabilizantes), que son los sospechosos habituales, son en gran medida de origen natural —para no alarmar hay que recordar que se someten a exhaustivos controles toxicológicos—. La leyenda negra de estos aditivos proviene, en parte, de la clasificación del conservante E-330 como cancerígeno. La inclusión del E-330 en la lista de productos cancerígenos se debió a un bulo interesado que fue desmentido hace décadas. De hecho, el E-330 es el ácido cítrico, así que si esto fuese cierto nos deberíamos olvidar de comer fruta, lo cual enfatiza lo ridículo de este bulo.

Por otro lado, existen sustancias artificiales o sintéticas esenciales para el funcionamiento de nuestra sociedad y para mantener la calidad de vida de la que disfrutamos. Entre ellas podemos destacar muchos medicamentos, como el ácido acetilsalicílico (aspirina), antibióticos o anticancerígenos. Pero también existen sustancias naturales que no nos gustaría incluir en nuestra dieta, como la cicuta o la toxina botulínica. Por supuesto, los consumidores deben ser críticos y conscientes de los aditivos y composición química de los productos que les oferta el mercado. Por ello es necesario estar bien informados para saber qué compramos y no ser víctima de bulos y campañas interesadas. Por ejemplo, una práctica común en la actualidad es el uso de edulcorantes que permiten a los fabricantes añadir la etiqueta “sin azúcares añadidos” a sus productos —aunque la normativa europea establece que a estos productos no se les puede añadir ningún monosacárido ni disacárido, ni ningún alimento utilizado por sus propiedades edulcorantes—. Sin embargo, existen productos con esta etiqueta que contienen, por ejemplo, jarabe de maltitol. Según estudios recientes, el maltitol puede causar problemas digestivos y su aporte energético, aunque menor que el de la sacarosa, no es despreciable. Eso sí, punto para los quimiófobos, ya que el maltitol sí es una sustancia artificial que se sintetiza mediante la hidrogenación de la maltosa. Pero es que, además, bajo esta etiqueta también se comercializan productos a los que se añaden endulzantes naturales como el azúcar de coco, miel, melaza o jarabe de arce, que aportan grandes cantidades de calorías y pocos nutrientes.

La verdad es que los efectos sobre la salud de los edulcorantes es un tema complicado y existe cierta controversia. Para aclarar un poco este tema, aquí dejo un par de datos. Existen dos tipos de edulcorantes, calóricos y acalóricos, y ambos pueden ser naturales o artificiales. Los edulcorantes artificiales acalóricos más usados son el aspartamo, la sucralosa, el acesulfamo potásico, la sacarina y el ciclamato. Los polialcoholes como el maltitol, xilitol, eritritol o sorbitol son edulcorantes artificiales calóricos, que al consumirse en pequeñas cantidades y al tener una baja absorción en nuestro intestino, por lo general, aportan pocas calorías. La mayoría de estos polioles, aunque son sintetizados artificialmente, se encuentran de forma natural en muchas frutas y verduras —el xilitol se encuentra en fresas, frambuesas, ciruelas o coliflor; el sorbitol en peras, ciruelas, melocotones, albaricoques, uvas o manzanas; el eritritol en melones, sandías o uvas—. Se lo que estáis pensando: ¿si la uva los tiene, el vino también? Pues sí, de hecho, el vino y otros productos fermentados (cerveza, queso, salsa de soja…) presentan una gran variedad de polioles, como el inositol, manitol, arabitol, eritritol y sorbitol. El efecto sobre la salud del consumo de edulcorantes artificiales podría carecer de suficientes estudios a largo plazo debido a que su consumo como aditivo alimentario es reciente, pero cabe destacar que los últimos estudios al respecto muestran que su utilización es segura y así lo confirman varias organizaciones de seguridad alimentaria, como la FDA (EEUU), la EFSA (UE) y la OMS. A este respecto, hay que aclarar aquí que los estudios que relacionaban la ingesta de algunos edulcorantes artificiales con varios tipos de cáncer han sido desmentidos por otros más recientes y rigurosos. No obstante, sí se ha descrito en la bibliografía científica que el abuso de algunos de estos edulcorantes produce problemas digestivos.

Los quimiófos más ilustrados jugaréis ahora la baza de los fertilizantes y pesticidas, y con razón, ya que sus efectos negativos sobre el medio ambiente e incluso sobre la salud son bien conocidos, y la industria química no está libre de pecado. Sin embargo, su uso ha permitido alimentar a una población mundial en continuo crecimiento y es crucial para mantener nuestro estilo de vida (si es conveniente cambiarlo o no, es otro debate). La solución a los conflictos que surgen del cruce de intereses de la sociedad de consumo, el medioambiente y la salud no parece que sea renunciar a los químicos (según la R.A.E.), sino más bien lo opuesto. La salida a estos problemas debería implicar la implementación de procesos más sostenibles en la industria química y agroalimentaria, así como el desarrollo de nuevos productos compatibles con la protección del medioambiente y la salud.

Acerca de isqch

El Instituto de Síntesis Química y Catálisis Homogénea (ISQCH) es un instituto de investigación química mixto entre el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad de Zaragoza.

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Esta entrada fue publicada el 30/08/2021 por en Conceptos, Uncategorized.

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